En “La perfección del tiro” Mathias Enard elabora, sin memoria, sin lugar para arrojar los recuerdos de lo cotidiano, la historia de un francotirador. ¿Pero qué son estos personajes anónimos, sino vivencias desarraigadas? No hay historia detrás de su cuerpo; más allá de esa imagen imperfecta que los aborda desde la marea remontando de espuma los primeros rayos solares de la mañana, aparece un fantasma desteñido, esbozando temblorosamente los contornos de una vida pasada, desfigurada tras la temporalidad anterior abatida por el fuego de metralla, de RPG, de mortero. ¿Cómo llenar el lienzo vacío con algo tan vivo como la sangre que lo desborda todo, como las llamaradas encendidas retorciendo las entrañas, la carne trémula de los cadáveres?
Apenas un esbozo, un trazo suave de tinta cargada de recuerdos, pero toda esa sobrevivencia es una herida, un golpe vivo desgarrando internamente hasta la imposibilidad. La técnica del tiro, llevada al rango de un arte, es también un modo de cargar el blanco con la retórica de la muerte y el erotismo. Atravesar los cuerpos con la irrupción cálida de la bala, cruzar capas de piel, hueso, tegumentos, hacer a las partes regurgitar sangre hasta la saciedad. El índice erótico se eleva, y entonces el silencio. Después del estallido que decae junto a un zumbido en los oídos, llega la paz del vientre destrenzándose, anticipando un nuevo placer a través de la mira telescópica del arma.
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